Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)


Poeta, dramaturgo y narrador español, nacido en Madrid en 1580 y muerto en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) en 1645. Máximo representante de la corriente conceptista que floreció en las letras hispánicas del Siglo de Oro, tuvo el acierto de forjar una prosa tersa, pulida y esmerada, cuya riqueza y variedad sólo tienen comparación con la altura a la que se remontan los alardes lingüísticos de su poesía.

Vida.

Pertenecía a una familia de la baja nobleza, que se había integrado en el alto funcionariado y en la servidumbre de palacio. Así, su padre, el montañés Pedro Gómez de Quevedo, fue secretario particular de la infanta doña María, futura esposa de Maximiliano II, y de la reina doña Ana de Austria. Su madre, Ana de Santibáñez, fue dama de la reina y de la infanta Isabel Clara Eugenia. De esta manera, Quevedo anduvo por palacio desde su infancia. Estudió en el Colegio Imperial, situado en la madrileña calle de Toledo, en el edificio que hoy alberga al Instituto de Bachillerato "San Isidro", que regentaba la Compañía de Jesús, y, posteriormente, en las universidades de Alcalá y Valladolid (en ésta última Teología entre 1601 y 1606, años en los que la corte estuvo instalada allí). De estos años datan su enemistad con Góngora, el inicio de su correspondencia con Justo Lipsio y su fama como poeta, cimentada sobre todo en la aparición de poemas suyos en las Flores de poetas ilustres, recogidas por Pedro de Espinosa y publicadas en Valladolid en 1605.

En 1606, vuelve a la Madrid con la corte y comienza a buscar acomodo dentro de ella. Lo hallará en primer lugar con el Duque de Osuna, al que conoció, al parecer, durante sus años de estudiante en Alcalá de Henares. Comienza a escribir sus Sueños y su España defendida de los tiempos de ahora, y traduce a Anacreonte y a Focílides; concurre a academias como la del conde de Saldaña. Al tiempo, orgulloso de su origen nobiliario, inicia un pleito por el señorío de la Torre de Juan Abad, que ganaría en 1631 y que le costaría abundantes esfuerzos y dineros. En 1613, y tras padecer una crisis espiritual que se plasmó en sus Lágrimas de Jeremías castellanas (entre otras obras), acepta el puesto de secretario del Duque de Osuna, con el que parte a Sicilia y, de allí, a Nápoles. Durante sus años en Italia, realiza importantes misiones diplomáticas para el Duque, que, en pago, le consigue el hábito de Santiago. Entre ellas, además de sobornos en la corte para lograr el virreinato de Nápoles para el duque, destacará la famosa la conjuración de Venecia, en la que el poeta se verá involucrado. Al caer en desgracia su protector en 1620, sufrió destierro en la Torre y prisión al año siguiente y hasta 1622.

En 1634, se casa con Esperanza de Mendoza, señora de Cetina, viuda de la que se separó a los dos años y que lo dejó viudo en 1641. Mientras, la dureza de sus burlas contra todo el mundo le han granjeado numerosos enemigos, entre ellos el todopoderoso Olivares del que tanto había esperado en principio el autor (véanse al respecto obras suyas como El Chitón de las Tarabillas o la dedicatoria enderezada al valido al frente de la edición de la Poesía de fray Luis de León, así como el nombramiento del autor para secretario del rey, que dan muestra de una relación que en principio no podía ser mejor). Todo ello lo sitúa en una posición incómoda que propicia ataques como los enderezados por Pacheco de Narváez, el padre Niseno y Juan Pérez de Montalbán en el Tribunal de justa venganza, erigido contra los escritos de don Francisco de Quevedo, maestro de errores, doctor en desverguenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres, publicado en 1635. En este mismo año, Pacheco de Narváez lo denuncia a la Inquisición. Los ataques se centran, con frecuencia, en su cojera y en su miopía, de los que hizo burla él mismo.

En 1639, es detenido acusado de ser espía de los franceses y conducido a San Marcos de León, donde permanece hasta 1643 en tan malas condiciones que su salud se resiente. La anécdota de que el poeta logró hacer llegar hasta la servilleta del rey un memorial contra el valido y que éste fue el origen de la indisposición nunca ha logrado ser comprobada. Con todo, la epístola "No he de callar por más que con el dedo" dirigida al valido, señala cierta indisposición del poeta para con un régimen que perpetuaba los errores del que había querido corregir. Durante estos años de cárcel, escribe obras como el Marco Bruto, que publica a su regreso a Madrid en 1644. Al año siguiente se retira a la Torre de Juan Abad, donde continúa escribiendo hasta que su enfermedad lo obliga a trasladarse a Villanueva de los Infantes, donde muere el día 8 de septiembre.

Obra.

La obra de Quevedo abarca tanto la prosa como el verso y el teatro, aunque en éste último su habilidad se mostrara menor. Los temas tratados por el autor, en uno y otro género, van de la burla más descarada y cruel, por la que es más conocido, hasta la meditación más honda sobre el sentido de la vida, pasando por reflexiones de carácter político y por una lírica amorosa que contradice en su hondura la misoginia que tantas veces demuestra en sus obras de burlas.

Sólo parte de dicha obra se publicó en vida del autor. Así, la poesía no vio la luz hasta 1648, a cargo de Pedro González de Salas, bajo el título de El Parnaso español, monte en dos cumbres dividido, con las nueve Musas, edición completada por Pedro Aldrete y Villegas, sobrino del poeta, bajo el título de Las tres musas últimas castellanas (1670).

Prosa.

A pesar de la temprana fama del autor como poeta, las primeras obras concluidas lo fueron en prosa, así libelos como Vida de la corte y oficios entretenidos de ella, las Cartas del Caballero de la Tenaza, la Premática que este año de 1600 se ordenó o la temprana Historia del Buscón llamado Pablos, acabada, al parecer, hacia 1604, y en la que caricaturizaba el género picaresco que, a partir del lejano Lazarillo de Tormes, se consolidaba en sus días con el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. En su obra, la única de carácter narrativo, Quevedo logra vaciar de contenido moral, o siquiera humano, la historia del pícaro, que se transforma por obra de su riquísima prosa en pura burla hiperbólica, tal y como se puede comprobar en el conocido retrato del Dómine Cabra. El Buscón no se editó hasta 1622, y esto de forma fraudulenta, lo que sucedía con frecuencia en la época y más aún con Quevedo, renuente a publicar tras varios tropiezos iniciales con censores como el padre Antolín Montojo que, en 1610, calificó El Sueño del Juicio Final de "chabacano e imprudente" negándole la aprobación. De esta manera, los Sueños, que venían siendo escritos desde los primeros años de la corte en Madrid y hasta 1622, no vieron la prensa hasta 1627 y en un texto notablemente defectuoso, lo que llevó al autor a publicarlos en 1631 bajo el título de Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio, limando los aspectos más irreverentes y cambiando los títulos de varios de ellos. Son los Sueños una serie de diálogos de carácter alegórico-burlesco en los que, de forma parecida a Gracián pero en tono de burla, se toca el tema del desengaño del mundo y de la diferencia entre apariencia y verdad. Son los titulados El Sueño del Juicio Final (en la edición definitiva Sueño de las calaveras); El alguacil endemoniado (después El alguacil alguacilado); Sueño del infierno (después Las zahurdas de Plutón); El mundo por de dentro y El sueño de la muerte (después La visita de los chistes). Relacionados con ellos están obras posteriores como el Discurso de los diablos o Infierno enmendado (1628) y La hora de todos y la fortuna con seso (1635).

El contenido ascético-senequista aparece en prosa en obras como La cuna y la sepultura (1634) o las inéditas Lágrimas de Jeremías y se tiñe de preocupación política en Política de Dios, gobierno de Cristo, tiranía de Satanás (1626, segunda parte póstuma en 1655) o Marco Bruto (1644), en las que señala sus teorías sobre el buen gobierno. Como ejemplo le sirve Bruto, que fue perseguido y condenado por haber librado a la república de Julio César, en tanto que César, que había convertido el gobierno en una tiranía, era ensalzado. A la misma preocupación corresponden la traducción de la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales (1634) o las glosas al tratado de Séneca De los remedios de cualquier fortuna (1638).

A atacar a los escritores culteranos y a otros enemigos literarios dedicó escritos como la Aguja de navegar cultos o La culta latiniparla.

Obras de menor importancia son España defendida de los tiempos de ahora (1609), exaltación patriótica de la historia, las costumbres y las lenguas nacionales y el Memorial por el patronato de Santiago, solo y único patrón de las Españas (1628), defensa del patronazgo del apóstol frente a los que defendían la posibilidad de compartirlo con santa Teresa.

Poesía.

La obra poética de Quevedo presenta las mismas dos caras de su prosa: una seria y meditativa y otra burlesca y chocarrera que se hermanan a través de los procedimientos estilísticos, que alcanzan su punto más exagerado en las obras de carácter cómico. Así, dentro de la costumbre de alternar las burlas y las veras, encontramos fechados por el mismo tiempo poemas tan diferentes como los metafísicos del "Heráclito Cristiano" y el burlesco "Retirado de la corte responde a la carta de un médico". Con todo, ambas caras responden a una última motivación similar: la sátira feroz es una expresión diferente de la misma frustración y del mismo pesimismo vital que los poemas meditativos.

Estilísticamente, la poesía de Quevedo supone la máxima expresión de lo que la crítica ha venido llamando "estilo conceptista", consistente en decir el mayor número de cosas posibles con el menor número de palabras. Con este estilo, que se enraizaba en la tradición epigramática de la poesía del XV y en la escritura de autores como don Juan Manuel, se oponía Quevedo a la poesía gongorina, aunque su estilo no sea tanto fruto de un enfrentamiento como expresión de su propia personalidad, cualquiera que fuera el papel que jugara dicho enfrentamiento en la ulterior evolución del dicho estilo. De esta manera, la poesía de Quevedo se caracteriza por la utilización de recursos como los diferentes juegos de palabras que permiten darle al concepto dos y tres sentidos diferentes, la hipérbole o la animalización fundamentales en la poesía de tipo caricaturesco. Todo ello auxiliado por un manejo de la sintaxis y el vocabulario que le permiten encerrar en el estrecho margen de un endecasílabo frases enteras que se acumulan a lo largo del poema.

En lo que respecta a la lucha entre culteranos y conceptistas, tantas veces repetida por los manuales, la soledad en la que vivió Quevedo no lo convierten en el mejor elemento para ser cabeza de escuela alguna, por lo que no se trata tanto de enfrentar a culteranos y conceptistas, cuanto hablar de la reacción contra la poesía gongorina, en la que entran tanto el estilo de Quevedo como el de Lope y sus "poetas claros" y en cuyo desarrollo cuenta tanto la obra personal de estos autores y los actos en los que participaran como las ediciones que Quevedo preparara de autores del XVI (concretamente de fray Luis de León y de Francisco de la Torre) para oponerlos como poetas "españoles" a la poesía "extranjera" de Góngora. En cualquier caso, este enfrentamiento estético dio origen, en la pluma de Quevedo, a admirables creaciones satírico-burlescas.

Por lo general, se ha venido clasificando la poesía de Quevedo en los siguientes apartados: poesía metafísica, poesía moral, poesía religiosa, poesía amorosa y poesía satírica, la más numerosa de su producción. De todas, ellas, la amorosa supone una ruptura con esa angustia que podemos calificar de existencial y que le arranca los más hondos acentos del soneto:

"Traigo todas la Indias en mi mano:
perlas que, en un diamante, por rubíes,
pronuncian con desdén sonoro yelo;

y razonan, tal vez, fuego tirano,
relámpagos de risa carmesíes,
aurora, gala y presunción del cielo".

La poesía metafísica de Quevedo alcanza su culminación en piezas como los sonetos que empiezan diciendo: "¡Ah de la vida...! ¿Nadie me responde?" y "Fue sueño ayer, mañana será tierra". Su vena moral deja una obra de obligada referencia en la lírica española de todos los tiempos, la Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos:

"No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de pensar lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?".

Teatro.

Se atribuyen a Quevedo varias obras dramáticas, todas de carácter satírico, de las que destacan Cómo ha de ser un privado y Pero Vázquez de Escamilla. En ellas, Quevedo convierte a los personajes en simples caricaturas que se mueven como muñecos. Esta falta de humanidad es, precisamente, el mayor defecto de su teatro.

Bibliografía.

  1. BLECUA, José Manuel. Edición de Poesía original completa (Barcelona, 1981).
  2. CROSBY, J.O. En torno a Quevedo (Madrid, 1967).
  3. YNDURAIN, Francisco. El pensamiento de Quevedo (Zaragoza, 1954).

G. Fernández San Emeterio. (Resumido por FMM)

Enciclopedia Universal Multimedia ©Micronet S.A. 1998


Created: Wednesday, March 10, 1999, 4:44:09 PM Last Updated: Wednesday, March 10, 1999, 4:44:09 PM