Creación, tradición, populismo y americanismo en el léxico del 98

por Francisco A. Marcos Marín

Universidad Autónoma de Madrid

Cuando la organización de estas jornadas me extendió su amable invitación para participar en ellas, sentí, además del natural agradecimiento, un conjunto de sentimientos e inquietudes. Como para todos los españoles de mi generación y, quizás especialmente para los de entornos familiares y sociales próximos a los míos, la generación del 98 (a la que llegamos de la mano de Pedro Laín Entralgo) es uno de los hitos de la cultura hispánica. Al mismo tiempo, somos conscientes de que, para las generaciones nuevas, la de nuestros hijos, por ejemplo, su lectura es radicalmente distinta de la nuestra y su atractivo, cuando permanece, diverso. Fuera de los límites sociohistóricos de España, naturalmente, también se producen otras lecturas, igualmente explicables.

El estudioso del noventaiochismo puede abordar su tarea desde diversas perspectivas, como diversas son las lecturas; pero seguramente serán más nítidas si sabe desde dónde enfoca. Sin renunciar a la necesaria introducción sociopolítica, que incluye también la dimensión del propio crítico, nos acercaremos a una consideración estrictamente lingüística, en un plano tan concreto y limitado como el del léxico. En esa dimensión personal que acabamos de mencionar, como aclaración del peculiar enfoque sociohistórico, referiré que, entre los autores de la mítica generación, dos marcaron desde muy pronto algunas de mis orientaciones científicas y personales, por razones además muy precisas y hasta coincidentes. El primero fue Ramiro de Maeztu, por su concepto de la Hispanidad, el segundo Miguel de Unamuno, por su acercamiento a Portugal y su insistencia en la necesidad de un conocimiento auténtico de la peculiaridad lusitana. El paso de los años fue añadiendo el conocimiento de buena parte de esa América y de Portugal y lo portugués, en su versión europea y en la ultramarina. Don Pío Baroja y los Baroja en general ayudaron en la necesaria tarea de supresión de los residuos de nacionalismo, con lo que se abrieron paso algunas consideraciones objetivas, especialmente la necesidad de defender las especificidades culturales que el nacionalismo, contra lo que se supone, ahoga en su abrazo proteccionista, testigos las realidades catalana y vasca de la España de este 98, cien años después.

El conocimiento de la realidad lusitana permite iluminar ciertos aspectos de la cultura hispánica de finales del siglo XX. A diferencia de lo que ocurre en el dominio lingüístico luso, en el que los síntomas de disgregación se han convertido ya en brotes declarados de divergencia, el área hispanófona manifiesta una coherencia y un deseo de vertebración ciertamente notables, que incluso arrastran al Brasil, cada vez más cercano a muchas soluciones lingüísticas de la norma hispánica o atlántica.

Que un país de diez millones de habitantes (me refiero ahora a Portugal) haya permitido una divergencia lingüística radical, hasta el punto de empezar a hablarse de dos lenguas distintas, mientras que otros, con una demografía y unas complejidades extraordinarias, tiendan deliberadamente a la unidad, tiene que admitir una explicación.

Políticamente, el 98 supone la culminación de un proceso iniciado a finales del siglo XVIII, la traducción del liberalismo en nacionalismo e independentismo. Lingüísticamente, en cambio, no hay ruptura. Es sabido que, por grandes que fueran las diferencias entre unionistas e independentistas, éstas no afectaron a la lengua común. Posiblemente influyó en ello el hecho de que, en general, las tropas que lucharon en América fueran americanas, en los dos bandos, pues los intentos de enviar tropas desde la Península dieron lugar a resultados imprevistos, como la revolución liberal en España, por ejemplo, por presión de ejércitos que no llegaron a embarcarse. No he de extenderme en este punto sino para concretar que, una vez satisfecha la ambición política de los republicanos, puesto el poder en manos de los nuevos gobernantes, voces americanas nada sospechosas, a lo largo de su historia reciente, como las de Andrés Bello y Rufino José Cuervo, lucharon por el mantenimiento de la cohesión lingüística y que, a diferencia de lo sucedido en Portugal, en España se entendió muy pronto la sensatez de esta actitud y se pusieron también los medios para ello.

Cuando, en 1898, finaliza el dominio político de España en territorios americanos, lo que se produce no es un movimiento de rechazo, sino de profundidad en la comprensión. Nótese que la pregunta del 98 no es "qué está mal en América para que se hayan sublevado", sino "qué está mal en España, para que hayamos llegado a esta postración."

Todas estas disquisiciones pretenden llegar a alguna parte, por supuesto. Es preciso entender que ni la independencia de las colonias, primero, ni la de las provincias ultramarinas, en el 98, suscitaron en España un fuerte movimiento antiamericanista. La metrópolis tenía sus propias preocupaciones, de variada índole, e intelectualmente no era difícil aceptar el triunfo de la considerada "causa de la libertad". Las consecuencias económicas tampoco fueron negativas.

Si enlazamos este contenido socio-político con el filológico, aproximándonos a nuestro objetivo de estudio del léxico, podremos establecer una base que reposa sobre los criterios que sirvieron a los académicos para construir el  Diccionario de Autoridades, entre 1726 y 1739. El criterio de inclusión de elementos léxicos en el diccionario no es, contra lo que a veces se piensa, el del purismo y mucho menos un purismo localizado geográficamente. Junto al léxico patrimonial, tal como se había ido recogiendo en los diccionarios que proliferaron entre Alonso de Palencia y la Academia, ésta aceptó las creaciones léxicas de los autores que constituyen el canon, no sólo literario, sino cultural en general. Al mismo tiempo, encontraron franca la puerta las voces populares, incluyendo las dialectales y regionales, entre las que gozaron de indudable presencia los americanismos.

El léxico oficial del español, en consecuencia, quedó constituido básicamente por voces de estas cuatro fuentes distintas: patrimonio tradicional castellano, creación canónica, voces dialectales y populares y creación innovadora o de neologismos para las nuevas designaciones. Diferenciamos, como se ve, dos tipos de creación, la del léxico introducido por las autoridades aceptadas por la norma, o  léxico autorizado, junto al léxico nuevo de necesaria incorporación, vinculado al desarrollo de las ciencias y la técnica, principalmente. Sobre estas bases sociales y lingüísticas se asentó el inventario léxico de 1898, que hubieron de renovar los autores de esa época. Antes de entrar en su análisis, detengámonos todavía en algunos conceptos generales.

Los desarrollos modernos de ciencias filológicas en principio tan discutidas como la Glotocronología y la Léxicoestadística nos permiten contar hoy con algunos criterios firmes para una consideración diacrónica del léxico. Sabemos, por ejemplo, que cada doscientos años se renueva el 20% del léxico de una lengua. Esto no significa, aclaremos, que en los doscientos años siguientes el 20% renovado corresponda a la parte que no se había renovado la vez anterior: hay un léxico patrimonial que puede ser muy estable y extenderse a lo largo de milenios, como ocurre en español con la palabra  perro, del mismo modo que hay un léxico innovador que puede ser muy fugaz y desaparecer poco después de su introducción, como ocurre con tantos vocablos de moda efímera o que corresponden a objetos caídos en desuso.

Decimos esto porque, por definición, los noventaiochistas se situarían en la segunda mitad del proceso renovador del léxico de los últimos doscientos años. Como, evidentemente, cuando hablamos de esos dos siglos no nos referimos a fechas de inicio y final iguales para todos los procesos lexicogénicos en curso, es innegable que todos ellos testimonian el momento final de algunos vocablos, el inicial de otros y el de tranquila permanencia de los más. En eso nuestros autores no se diferencian de cualquier hablante.

En cambio, sí son distintas su capacidad y su voluntad de modificar y fijar el léxico. Por ello conviene estudiar este aspecto, que puede ilustrar una parcela de la historia de la lengua española moderna, especialmente interesante por la luz que pueda arrojar sobre fenómenos quizás divergentes a un lado y otro del Atlántico, aunque ello no signifique una divergencia necesaria.

Para realizar estos trabajos es imprescindible un corpus, es decir, un conjunto de datos textuales ordenados con un criterio homogéneo. En nuestro caso, nos hemos servido del que recoge Consuelo García Gallarín en su libro reciente  Léxico del 98, publicado en Madrid, por la editorial Complutense, en 1998. Se trata de una extracción del léxico de Baroja, Valle Inclán y Unamuno, según el criterio de lo que no está incluido en el  DRAE, ordenado de acuerdo con varios principios, sin ningún tipo de estudio o evaluación. Es una obra manual, lo que hace que su innegable utilidad se vea limitada a veces por incoherencias o saltos de elaboración, que obligan a un cierto control del usuario, pero necesaria para un trabajo como el que proponemos, que exige unos datos objetivos sobre los que esbozar intentos de explicación.

Como en todo trabajo que se desarrolla a partir de un corpus, los límites del nuestro vienen impuestos por la naturaleza del corpus básico. Ya hemos visto que, desde el punto de vista material, es de recolección manual y que se limita a tres autores noventayochistas. Podemos añadir otra limitación, ahora conceptual: en su determinación de lo que no está incluido en el diccionario académico, el diccionario que se toma como referencia es la edición vigésima del  DRAE. Si se hubiera elegido una edición más cercana a las fechas de la obra analizada, aunque hubiera sido la de 1956, por ponernos en una fecha cercana al autor de mayor supervivencia, el elenco de términos se habría ampliado y sería, además, riguroso. Es una pena, pero es la única posibilidad de un acercamiento seguro a nuestro objetivo. Otro dato que nos falta, sin duda importante, es el del número total de palabras, vocablos o lexias en nuestros autores: es claro que no resulta lo mismo ofrecer cuarenta y nueve galleguismos de un total de cuatro mil vocablos diferentes que de un total de cinco o seis mil. Hemos de operar, en consecuencia, como si la amplitud del léxico de los tres autores fuera, si no similar, al menos equipolente, lo cual implica ya una presunción sin confirmar.

Con todo, nos ha parecido que una aproximación cuantitativa al problema no dejaría de apuntar a blancos que pueden investigarse con procedimientos más finos. Bien conscientes de estas limitaciones hemos optado por construir unas tablas en las que registramos los datos numéricos correspondientes, tanto a la formación de palabras mediante los procedimientos lexicológicos: derivación y composición, como a los etimológico-semánticos, que cabrían en el marbete general de  préstamos, sean helenismos, cultismos, latinismos, popularismos, marginalismos, dialectalismos, etc.

    Baroja Valle Inclán Unamuno
Sufijación no apreciativa -ada 2 8 12
  -ado 2 0 2
  -aje 2 3 1
  -al 2 2 0
  -ancia/-encia 0 2 2
  -ano/-iano 10 3 14
  -ante 0 11 5
  -ario 4 5 3
  -ción/-ación/-zón 0 1 1
  -dad 4 1 43
  -dero 1 1 8
  -dor 1 0 6
  -dura 1 0 1
  -ense 2 0 0
  -eño 0 5 3
  -ería 8 1 23
  -ero/-a 15 32 11
  -esco 5 2 15
  -ez 0 0 8
  -ía 0 0 2
  -ico 0 3 17
  -il 1 9 1
  -ino 0 6 3
  -ismo 20 2 16
  -ista 19 10 10
  -itis 0 0 2
  -izo 0 3 1
  -m(i)ento 1 0 11
  -or 0 0 1
  -oso 0 0 2
  -torio 0 1 1
TOTALES   100 111 225
Sufijación regresiva o 0 -a 1 3 0
  -e 0 8 1
  -eo 4 10 6
  -o 0 3 1
TOTALES   5 24 8
No se considera la sufijación apreciativa,
por su irregular distribución en el diccionario.
       
Sufijación verbalizadora -AR 0 46 16
  -EAR 0 0 1
  -ECER 0 0 1
  -IZAR 2 3 15
TOTALES   4 56 41
Composición   35 8 29

Los procedimientos lexicológicos o de desarrollos paradigmáticos, por tanto, nos permiten atisbar algunas posibilidades interesantes. No cabe duda de que Unamuno es, de los tres, quien más emplea la derivación, aunque especialmente la derivación mediante sufijos, puesto que en la sufijación regresiva, con sufijo cero, Valle Inclán es quien se destaca. Los sufijos en los cuales se apoya Unamuno de manera llamativa y a la vez diferenciadora respecto a los otros dos autores son  -dad, -ería, -ez, -ico  y  -m(i)ento. Las diferencias entre Baroja y Valle para la derivación mediante sufijos expresos son estadísticamente irrelevantes, lo mismo que las que existen entre Valle y Unamuno para la formación de verbos mediante las terminaciones  -ar, -ear, -ecer, -izar, en conjunto. Nótese, sin embargo, que Valle se concentra en la formación de nuevos verbos mediante la forma simple  -AR, mientras que Unamuno es significativamente partidario de la forma -IZAR, que es un helenismo morfológico. Valle rechaza el sufijo  -ismo, del que Unamuno y Baroja se sirven extensamente. En el caso de  -ero/-a, el incremento significativo en Valle Inclán se produce por el extenso uso secundario, de creación semántica, que aplica a estos derivados, como cuando usa  verdulero como sinónimo de 'voceador', en "Por la calle verdulera" ( La corte de los milagros, 255), "Ecos verduleros" ( Viva mi dueño, 52), o  ventolera por 'persona que ha perdido la razón': "Yo un pipi sin papeles, que está por usted ventolera" ( Martes de carnaval, 83). También la deonomasia, con los derivados de nombres propios mediante  -ero, favorece la potencia de este sufijo en Valle. La prefijación, en cambio, no parece un procedimiento en el que se hayan apoyado nuestros autores con ímpetu creador. Los casos de prefijos están recogidos en el diccionario. Recordemos, sin embargo, que hablamos de la vigésima edición del  DRAE, es preciso afinar más en este aspecto, mediante la comparación con el diccionario académico vigente en las épocas de composición de las obras.

En la creación léxica mediante la composición, Baroja, que la emplea incluso en compuestos de tres adjetivos sustantivados ( cómico-lírico-bailables, en los  Artículos, 1279), y Unamuno, van muy por delante de Valle, en quien este procedimiento de modificación del léxico es muy poco relevante.

Consideremos ahora los procedimientos de expansión del léxico mediante la introducción de nuevos términos o la alteración semántica de otros ya existentes. En general, hemos dicho que todos ellos caerían dentro del concepto general de  préstamo, entendido en sentido amplio. Admiten, como es natural, un análisis suplementario, de carácter sociolingüístico e incluso pragmático, pero siempre a partir de su lugar en el conjunto del inventario o lexicón de la lengua.

    Baroja Valle Inclán Unamuno
Helenismos   78 6 66
Cultismos   5 10 8
Latinismos   14 9 6
Popularismos        
  Por alteración del significante 5 24 0
  Por alteración del significado 46 97 11
Marginalismos        
  Vulgarismos 4 10 0
  Argot 8 10 0
  Gitanismos 16 41 0
Neologismos analógicos   7 3 32
Arcaísmos   5 37 15
Dialectalismos ibéricos   6 23 50
Español de América   12 31 2
Deonomasia   27 53 19
Onomatopeya   10 15 5
Otras lenguas españolas        
  gallego 2 49 3
  vascuence (vasco-navarro) 89 4 47
  catalán 4 1 6
Galicismos   57 45 25
Anglicismos   53 12 19
Italianismos   15 4 6
Germanismos   6 1 4
TOTALES   469 485 324

La consideración de los totales permite comprobar que Unamuno hace un uso significativamente inferior de la renovación léxica por aumento del inventario de lexemas. Si, además, suprimimos los helenismos, que en Baroja se explican por la terminología médica que emplea, la diferencia a favor de Valle Inclán es todavía más notoria y se explica, fundamentalmente, por el saldo a su favor de los arcaísmos y de las voces por deonomasia. Ejemplos de la primera clase serían voces como  acrecer, acullá, aína, aquesto, cuita, huelgo, lenzuelo, luengo, la puente,vide. Ejemplos de deonomástica son, entre otros,  caín, caifás, camándula, lucrecia, maricuela, putifar, traviata. Esto nos lleva a vincularlo con algo señalado a propósito de la sufijación y a determinar este aspecto del léxico de Valle como realmente significativo, en términos numéricos. Los popularismos por alteración del significado, en los que destacan las metonimias y que incluyen ejemplos del tipo  asadura, batracio, bizcocho, cebollón, cobre, goma, melopea 'peseta', solimán, componen la parte más numerosa de todos los rubros en que hemos clasificado estos elementos. En Unamuno es llamativa la ausencia absoluta de marginalismos y de popularismos por alteración del significante y el limitado uso de los que alteran el significado. Unamuno aparece como el más castizo, no cede ni siquiera a los préstamos del vascuence, tan abundantes en Baroja. Precisamente este dato nos sirve para señalar que el uso de galleguismos en Valle Inclán, que está en torno a las mismas cifras que los vasquismos de Unamuno, tampoco es demasiado elevado. Baroja muestra una mayor disposición a los préstamos de otras lenguas, posiblemente también por razones familiares y personales y por la mayor extensión cronológica de su obra. Recordemos, sin embargo, nuestra advertencia anterior en el sentido de que no disponemos de los recuentos léxicos globales para cada autor, lo que obliga a ser cautos en conclusiones comparativas de alcance general.

El componente de creación es más elevado en Baroja y en Valle Inclán que en Unamuno, en términos generales. Este último se beneficia predominantemente de los procedimientos paradigmáticos, sobre todo de la sufijación, mientras que el más innovador de todos, Valle, recurre al léxico tradicional y al popular con mayor incidencia que sus dos compañeros de generación. Valle es también el más abierto al subestándar marcado en niveles inferiores en la escala social. El mapa léxico que se nos dibuja no deja de tener algunas novedades respecto a las ideas preconcebidas o de manual que se vienen manejando. Un aspecto llamativo es el que se refiere a las voces que podríamos llamar diatópicas. Ninguno de los autores se muestra permeable a los vocablos de lenguas peninsulares que no sean las de su comunidad de origen. Los catalanismos, factor común a los tres, pues ninguno tuvo especial relación con Cataluña, son muy significativos, con un número reducidísimo. Siempre, recordemos, en relación con lo admitido por el diccionario académico a finales de nuestro siglo.

En este sentido, podemos terminar con una referencia al cuarto de los epígrafes de nuestro título, el americanismo. Su número es reducido por varias razones, la primera, sin duda, es que los recogidos en el  DRAE, en su edición del 92, son muchos, lo que disminuye en parte alícuota su presencia en el corpus que utilizamos. De haberse aplicado en la selección del corpus la edición del 56, el resultado sería más abultado. Es posible, sin embargo (aunque lo decimos con precaución), que no variara su distribución relativa. La diferencia entre Unamuno y Baroja no es significativa estadísticamente; en realidad, Valle es quien más los utiliza, pero por razones intrínsecas a las obras en que se acumulan, especialmente Tirano Banderas. Es la temática americana la que impone una limitada selección léxica, no un interés por su uso como componente de cambio del léxico español. En este sentido, no es Valle Inclán quien muestre un interés por la adaptación del americanismo a otras realidades. Si los interpretamos como elementos introducidos con cambio de significado, todavía podríamos añadir un ejemplo más en Baroja, el de  ayacucho, en el sentido de "partidario del general Espartero, tras su caída". Nada de ello es estadísticamente relevante, sobre todo en comparación con los otros factores analizados.

Hasta aquí nuestra modesta contribución, más válida quizás por las conclusiones metodológicas que por las generales. Los datos que hemos reunido sobre los tres autores estudiados habrían sido más provechosos si pudiéramos establecer mejor los del conjunto del corpus del que han sido extraídos. Hoy en día, cuando disponemos de mecanismos que nos permiten el análisis cuantitativo exhaustivo, debemos exigir que se nos ofrezcan bases de datos también exhaustivas y hacer conscientes a quienes emprenden estos trabajos de esa necesidad común. Con todo, espero que los estudiosos que hayan podido valorar esta muestra de nuestro empeño no se hayan sentido confundidos ni tampoco excesivamente desilusionados por sus muchas limitaciones.


Ponencia leída en Sesión Plenaria en las  IV Jornadas Hispano-Portuguesas. Intercambio Cultural: de la Generación del 70 a la Generación del 98. Universidad Autónoma de Madrid, lunes 3 de mayo de 1999.

Última revisión: 2/05/99